
El intérprete de “Mi viejo” y “Para el pueblo lo que es del pueblo” falleció a los 81 años. Visitó Azul en varias oportunidades y protagonizó recitales que quedaron en la memoria de quienes vivieron aquellos años. También se desempeñó como funcionario de Cultura de la provincia de Buenos Aires durante la gestión de Eduardo Duhalde.
Piero, uno de los cantautores más reconocidos de la música popular argentina, murió el miércoles 7 de octubre en Buenos Aires, a los 81 años. Su voz acompañó a varias generaciones con canciones que abordaron los afectos, la realidad social y las esperanzas colectivas. Su fallecimiento fue comunicado por su familia a través de las redes sociales, luego de permanecer internado en el Hospital Italiano.
Su nombre artístico era Piero Antonio Franco De Benedictis. Nació el 19 de abril de 1945 en Galípoli, Italia, y llegó a la Argentina cuando tenía tres años. A lo largo de más de seis décadas de trayectoria construyó un repertorio que trascendió épocas y fronteras, con canciones como “Mi viejo”, “Para el pueblo lo que es del pueblo”, “Coplas de mi país”, “Pedro Nadie” y “Soy pan, soy paz, soy más”.
En colaboración con el poeta y letrista José Tcherkaski, Piero desarrolló buena parte de su obra más reconocida. Sus canciones encontraron un lugar destacado en los años setenta, cuando la música popular también se convirtió en una forma de expresar inquietudes sociales y políticas. Tras el golpe militar de 1976, debió exiliarse y vivió en España y Colombia antes de regresar a la Argentina a comienzos de la década siguiente.
La noticia de su muerte trae también el recuerdo de sus visitas a Azul. El cantor se presentó en la ciudad en distintas oportunidades, en escenarios que fueron parte de la vida cultural local durante los últimos años de la dictadura militar y los primeros tiempos de la recuperación democrática.
Hacia el final de la dictadura, Piero actuó en la discoteca Torras, ubicada sobre la calle 25 de Mayo, casi en la esquina de Yrigoyen. El lugar formaba parte del circuito nocturno azuleño y fue escenario de presentaciones musicales que acercaron a la ciudad a artistas de alcance nacional.
Ya con la democracia recuperada, el músico volvió a presentarse en Azul. En esa oportunidad ofreció un recital en el gimnasio del Club Chacarita, sobre la avenida Perón, donde el público pudo encontrarse nuevamente con un artista cuyas canciones habían acompañado años de cambios y expectativas.
Aquellas actuaciones forman parte de los recuerdos de una generación que encontró en la música una manera de compartir emociones y, en determinados momentos de la historia argentina, también de expresar deseos de libertad.
Una reseña publicada por el diario El Tiempo sobre la escena musical azuleña de los años ochenta recuerda las visitas de Piero y de otros artistas que llegaron a la ciudad en los primeros años de aquella década.
De los escenarios a la función pública

La trayectoria de Piero no se limitó a la música. También desarrolló iniciativas sociales vinculadas con la infancia y participó en proyectos de carácter comunitario.
En junio de 1998 asumió como subsecretario de Cultura de la provincia de Buenos Aires, designado por el entonces gobernador Eduardo Duhalde. Ocupó esa función durante el período final de la década de 1990, hasta 1999, en una etapa en la que impulsó la participación de referentes del ámbito artístico y social en distintas iniciativas culturales.
Su paso por la administración pública fue breve en comparación con su extensa carrera artística, pero sumó otra dimensión a una trayectoria marcada por la búsqueda de vínculos entre la cultura y la sociedad.
Piero construyó una identidad artística reconocible por su manera de interpretar y por un repertorio que combinó canciones íntimas con otras de contenido social. “Mi viejo”, publicada en 1969, se convirtió en uno de sus grandes clásicos y trascendió generaciones. “Para el pueblo lo que es del pueblo”, en tanto, quedó asociada a las expresiones de compromiso social y político de los años setenta.
En 2016 recibió el Premio a la Excelencia Musical de la Academia Latina de la Grabación, en reconocimiento a su trayectoria y a su aporte a la música latinoamericana.
Su muerte cierra una extensa carrera, pero sus canciones continúan ligadas a momentos personales y colectivos de la historia argentina.
En Azul, su recuerdo también permanece asociado a aquellas noches en Torras y al recital en el gimnasio de Chacarita. Escenarios de una ciudad que, como tantas otras, encontró en la música una forma de acompañar los cambios de una época y de ponerle voz a los sentimientos de su gente.







