El Senado de la Nación Argentina aprobó ayer la modificación de la Ley 26.639 de Presupuestos Mínimos para la Protección de Glaciares y del Ambiente Periglacial, en una votación muy ajustada: 40 votos a favor, 31 en contra y una abstención. El proyecto, impulsado por el gobierno nacional, obtuvo media sanción y ahora pasará a debatirse en la Cámara de Diputados, donde seguirá su trámite parlamentario.
La iniciativa modifica la normativa vigente desde 2010 —que protegía de modo automático todos los cuerpos de hielo y sus zonas periglaciares como reservas estratégicas de agua dulce— para redefinir los criterios de protección ambiental, permitiendo que las provincias decidan sobre qué áreas gozan de protección estricta y cuáles pueden habilitar actividades productivas como minería.
Un giro en la política ambiental y minera

Los defensores de la reforma la presentan como una actualización necesaria para atraer inversiones productivas y clarificar criterios jurídicos, argumentando que la ley vigente “paralizaba” proyectos bajo estándares rígidos y que el nuevo esquema fortalece la participación provincial en la gestión de sus recursos naturales.
Para sectores vinculados a la industria extractiva, especialmente aquellos interesados en proyectos de cobre, litio y otros minerales críticos para las transiciones energéticas, la reforma representa una señal positiva para el desarrollo de inversiones que se estiman en miles de millones de dólares y una oportunidad para dinamizar economías regionales aunque bajo normativas de impacto ambiental y social todavía en discusión.
Críticas desde la defensa del ambiente

La aprobación de la media sanción se produjo en medio de protestas y fuertes críticas de organizaciones ambientalistas y sociales, que advirtieron sobre los riesgos de debilitar la protección de los glaciares, considerados fuentes vitales de agua y elementos clave frente al cambio climático. Semanas antes de la votación, grupos como Greenpeace realizaron manifestaciones frente al Congreso para llamar la atención sobre lo que definieron como un intento de “relajar estándares ambientales” y poner en riesgo reservas hídricas estratégicas para el país.
Expertos en ambiente han señalado que la ley original fue concebida para proteger ecosistemas que alimentan ríos, acuíferos y múltiples usos productivos y sociales, y que su reforma podría abrir espacios a la intervención industrial en áreas antes salvaguardadas, con consecuencias difíciles de revertir.
Voces desde la sociedad

Organizaciones ambientales, académicos y activistas han expresado que la protección del agua y de los glaciares debe ser un principio irrenunciable de la soberanía nacional, más aún en un contexto de estrés hídrico y retroceso de hielos por el calentamiento global. Para ellos, la discusión no se limita a criterios técnicos o productivos, sino que toca la defensa de bienes comunes fundamentales para las generaciones presentes y futuras.
Entre quienes se oponen al proyecto, se destaca la preocupación por delegar en las provincias la potestad de definir qué zonas son “estratégicas” para la protección hídrica y cuáles no, lo cual, a juicio de estos sectores, puede fragmentar la normativa ambiental y reducir las salvaguardas mínimas que la protección nacional garantizaba.
Mirada crítica en medio de la coyuntura
Desde nuestra posición, defendemos el cuidado integral de los recursos naturales, la soberanía hídrica y el respeto a la naturaleza como pilares indiscutibles de cualquier política de desarrollo sustentable. La protección de los glaciares, más allá de consideraciones económicas o de corto plazo, debe entenderse como una apuesta a la vida, al equilibrio ecológico y a los derechos de las comunidades que dependen del agua para su supervivencia y bienestar.
El debate que ahora continuará en Diputados no puede ser reducido a un simple ajuste técnico o una oportunidad para destrabar inversiones: implica considerar las consecuencias ambientales, sociales y económicas de abrir territorios antes resguardados a actividades extractivas, así como la necesidad de construir consensos amplios que no sacrifiquen la protección de bienes comunes bajo presiones sectoriales.
En este momento clave, la discusión sobre la reforma de la Ley de Glaciares nos interpela a pensar en qué modelo de país queremos: uno que privilegie la preservación de sus riquezas naturales como herencia vital para las futuras generaciones, o uno que examine qué límites está dispuesto a cruzar en aras del crecimiento económico inmediato.
La defensa del agua, la soberanía territorial y la protección de nuestros ecosistemas sigue siendo una causa que merece la máxima atención y compromiso de la sociedad y sus representantes
