
La histórica referente de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora falleció a los 95 años. Durante más de cuatro décadas transformó el dolor por la desaparición de su hijo en una lucha colectiva contra la impunidad y en defensa de los derechos humanos.
La Argentina despidió este domingo a una de las figuras más emblemáticas de la defensa de los derechos humanos. Lidia Stella Mercedes Miy Uranga, conocida por todos como Taty Almeida, falleció a los 95 años luego de permanecer internada durante varias semanas en el Hospital Italiano de Buenos Aires. La noticia generó una profunda conmoción en organismos de derechos humanos, organizaciones sociales, universidades, sindicatos y sectores políticos de todo el país.
Presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Taty se convirtió en una de las voces más reconocidas de la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia. Su historia personal quedó marcada para siempre por la desaparición de su hijo Alejandro Almeida, secuestrado en junio de 1975 por la organización parapolicial Triple A, meses antes del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Alejandro tenía 20 años, estudiaba Medicina y militaba políticamente. Nunca apareció.
Aquella tragedia transformó profundamente la vida de una mujer que provenía de una familia tradicional y que inicialmente no participaba de la militancia política. Con el paso de los años, Taty se incorporó a las rondas de las Madres de Plaza de Mayo y terminó convirtiéndose en una de las principales referentes del movimiento de derechos humanos argentino.
Una lucha que atravesó generaciones

Durante décadas, Almeida participó de marchas, actos, charlas en escuelas y universidades, audiencias judiciales y actividades de memoria en todo el país. Su figura trascendió las fronteras argentinas y se convirtió en un símbolo internacional de la búsqueda de justicia frente a los crímenes del terrorismo de Estado.
Su frase más recordada, repetida una y otra vez en actos públicos y entrevistas, fue: «La única lucha que se pierde es la que se abandona». Esa consigna sintetizó una vida entera dedicada a sostener la memoria de los 30 mil detenidos-desaparecidos y a acompañar nuevas causas vinculadas a los derechos humanos y la justicia social.
Incluso en los últimos años, cuando las dificultades físicas la obligaban a movilizarse en silla de ruedas, continuó participando activamente de las rondas de los jueves en Plaza de Mayo y de numerosas actividades públicas. En abril de este año había recibido el título de Doctora Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires, un reconocimiento a su trayectoria y compromiso con la democracia.
El legado de una generación

La muerte de Taty Almeida representa también la despedida de una generación de mujeres que enfrentó a la dictadura militar cuando el miedo parecía invencible. Junto a otras Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, desafió al poder represivo exigiendo saber dónde estaban sus hijos e hijas desaparecidos.
Aquellas rondas iniciadas en 1977 frente a la Casa Rosada se transformaron con el tiempo en uno de los símbolos más importantes de la resistencia democrática en América Latina y en el mundo.
Desde Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora la despidieron recordando que «amar es resistir» y destacando su capacidad para tender puentes con las nuevas generaciones, transmitir memoria y construir compromiso colectivo.
Una ausencia que deja huella

La muerte de Taty Almeida ocurre en un momento en que los debates sobre la memoria histórica, los derechos humanos y el terrorismo de Estado vuelven a ocupar un lugar central en la discusión pública argentina.
Su voz ya no estará en las plazas, en las aulas ni en las marchas. Sin embargo, su legado permanecerá vivo en cada reclamo por verdad y justicia, en cada joven que conozca la historia de los desaparecidos y en cada pañuelo blanco pintado sobre las calles de la Argentina.
Como tantas veces repitió durante su vida, la lucha continúa. Y en esa continuidad, la figura de Taty Almeida ocupará para siempre un lugar fundamental en la historia democrática del país.






