
En un escenario internacional cada vez más adverso y con el acceso al financiamiento externo prácticamente cerrado, el Gobierno nacional decidió redoblar su estrategia de endeudamiento en el mercado local. La última señal fue la incorporación del nuevo bono en dólares bajo ley local, el AO28, en la reciente licitación del Tesoro.
La medida no es aislada: responde a un cambio de época. Con el riesgo país por encima de los 600 puntos y tasas internacionales elevadas, la Argentina quedó, otra vez, fuera del radar del crédito global. En ese contexto, el equipo económico de Javier Milei busca sostener su programa financiero con recursos internos: los llamados “dólares encepados”.
AO28: captar lo que sobra en el mercado local
El nuevo título, con vencimiento en 2028, replica las características del AO27, un bono que viene mostrando una fuerte demanda en el mercado secundario. Ese apetito inversor —que comprimió su rendimiento a niveles cercanos al 5%— llevó al Gobierno a abrir una nueva vía para canalizar esos fondos.
La lógica es clara: quienes queden fuera de la colocación del AO27 podrán volcarse al AO28. Además, la introducción de un “techo” en la tasa del AO27 empuja aún más la demanda hacia el nuevo instrumento.
Detrás de la ingeniería financiera aparece un objetivo concreto: captar divisas que hoy circulan dentro del sistema —producto del cepo cambiario— y redirigirlas hacia el Tesoro para afrontar vencimientos en moneda extranjera.
Cepo y financiamiento: una relación cada vez más estrecha
El uso de estos dólares “atrapados” revela una tensión central del modelo económico. Por un lado, permite financiarse a tasas relativamente bajas, aprovechando el récord de depósitos en dólares del sector privado, que rondan los USD 39.000 millones.
Pero, al mismo tiempo, expone una limitación estructural: sin cepo, esa fuente de financiamiento desaparecería. En otras palabras, el esquema actual parece depender de la propia restricción cambiaria que el Gobierno prometió eliminar.
Así, la continuidad del cepo deja de ser solo una herramienta transitoria y pasa a formar parte del andamiaje financiero del programa.
Un mundo menos amigable
El contexto global tampoco ayuda. La Reserva Federal de Estados Unidos decidió mantener las tasas de interés y el mercado ya no descuenta recortes en el corto plazo. Esto encarece el costo del dinero a nivel internacional y reduce el atractivo de los países emergentes.
A esto se suma la volatilidad derivada de conflictos geopolíticos, como la guerra en Medio Oriente, que empuja al alza el precio del petróleo y agrega incertidumbre a los mercados.
En ese marco, la posibilidad de emitir deuda en el exterior a tasas razonables se vuelve lejana. Incluso alternativas que meses atrás parecían costosas —como una colocación cercana al 10% anual— hoy lucen más accesibles en comparación.
Menos presión sobre el Banco Central
El nuevo esquema también modifica el equilibrio interno. Al financiarse con colocaciones en dólares, el Tesoro reduce su necesidad de acudir al Banco Central para conseguir divisas.
Esto abre dos caminos posibles: que la autoridad monetaria acumule reservas a mayor ritmo o que modere sus compras para contener el tipo de cambio y evitar presiones inflacionarias.
En este punto, aparece otro dilema. Priorizar la estabilidad del dólar puede servir como ancla antiinflacionaria, pero al mismo tiempo puede profundizar el atraso cambiario y afectar la competitividad.
El costo oculto: deuda y actividad
Mientras tanto, el esquema monetario sigue apoyándose en un delicado equilibrio: el Banco Central emite pesos al comprar dólares y el Tesoro los absorbe mediante licitaciones de deuda.
El resultado es una aparente neutralidad monetaria, pero con un efecto colateral: el aumento de la carga de intereses. Hoy, el costo de financiamiento en pesos ronda el 29% anual, lo que incrementa la presión sobre las cuentas públicas a futuro.
Este mecanismo también impacta en la economía real. Tasas más altas enfrían el crédito, limitan la actividad y afectan la recaudación, que ya muestra una caída sostenida en términos reales.
Una paradoja fiscal
El Gobierno enfrenta así una encrucijada. Sostener el superávit fiscal —uno de los pilares del programa de Javier Milei— implica mantener una política contractiva que, a su vez, puede profundizar la desaceleración económica.
Paradójicamente, para garantizar la sostenibilidad de ese equilibrio fiscal, podría ser necesario resignar parte del ajuste y apuntalar sectores clave de la economía.
Por ahora, la apuesta oficial parece ir en sentido contrario: priorizar la desinflación incluso a costa de la actividad.
Un modelo en transición
La emisión del AO28 es más que una herramienta financiera: es una señal de época. Con los mercados internacionales cerrados, la Argentina vuelve a mirarse hacia adentro para financiarse.
El problema es que ese espejo tiene límites. Y en esa tensión —entre estabilidad, crecimiento y acceso al crédito— se juega buena parte del futuro económico inmediato.






