La ciudad de Barcelona fue, durante dos días, el escenario de una de las principales cumbres políticas internacionales del año. La Global Progressive Mobilisation (GPM) reunió a un centenar de líderes y miles de representantes de más de 40 países con un objetivo común: articular una respuesta global frente al avance de la ultraderecha y las tensiones que atraviesan el sistema democrático a escala mundial.
El encuentro, impulsado por el presidente del Gobierno español Pedro Sánchez junto a referentes del progresismo internacional, funcionó como un espacio de coordinación política, debate estratégico y construcción de agenda común. Participaron mandatarios, gobernadores, legisladores, sindicalistas, académicos y organizaciones sociales de todos los continentes.
Lula y Kicillof, voces de América Latina

Entre las figuras destacadas estuvo el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, quien planteó la necesidad de confrontar lo que definió como una narrativa basada en la desinformación y el odio. El mandatario brasileño advirtió sobre el rol de sectores concentrados que, según señaló, promueven desigualdad y bloquean el ascenso social, al tiempo que llamó a reconstruir esperanza desde la política.
Por su parte, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, formó parte de la delegación argentina y participó de los debates vinculados al rol del Estado, la desigualdad y los desafíos de América Latina. En ese marco, planteó la necesidad de construir alternativas políticas frente a los modelos de ajuste y desregulación, en un contexto regional atravesado por fuertes tensiones económicas y sociales.
La presencia latinoamericana tuvo un peso específico dentro del foro, con la participación de líderes como Gustavo Petro (Colombia) y Claudia Sheinbaum (México), quienes incluso impulsaron la posibilidad de que futuras ediciones del encuentro se realicen en la región.
Democracia, desigualdad y clima: los ejes del debate

A lo largo de las jornadas, la cumbre abordó algunos de los principales desafíos globales:
- la defensa de la democracia frente a los avances autoritarios,
- la crisis climática y la transición energética,
- la desigualdad económica,
- y el fortalecimiento del multilateralismo.
En ese sentido, los participantes coincidieron en la necesidad de reformar organismos internacionales y construir mecanismos de cooperación más efectivos, capaces de responder a un escenario global marcado por conflictos, crisis económicas y fragmentación política.
También se puso el foco en el impacto de la desinformación y las nuevas tecnologías en los procesos democráticos, así como en la urgencia de generar políticas públicas que recuperen la confianza social.
Un espacio de articulación global
La Global Progressive Mobilisation se consolidó como una plataforma de articulación internacional que busca trascender los encuentros puntuales y sostener un trabajo coordinado a largo plazo. La iniciativa apunta a conectar partidos políticos, movimientos sociales y centros de pensamiento en torno a una agenda común basada en la justicia social, los derechos humanos y el desarrollo sostenible.
El cierre del encuentro dejó un mensaje compartido: frente a un mundo atravesado por incertidumbres, el progresismo intenta reorganizarse, tender puentes y construir una narrativa capaz de disputar sentido en la arena global.
En esa trama, Barcelona fue algo más que una sede: funcionó como punto de encuentro de una constelación política que, con matices y tensiones, busca volver a pensarse como proyecto colectivo.
