La relación de la sociedad con internet y las redes sociales atraviesa un momento de transición profunda: mientras las herramientas digitales se consolidan como ejes de la vida cotidiana, el modo en que se interactúa con ellas revela patrones que, según investigaciones académicas recientes, tienen implicancias sociales, comunicacionales y hasta psicológicas.
Un informe del Centro de Investigación y Capacitación en Estudios de Opinión Pública (CICEOP) de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) pone el foco sobre el “uso pasivo” del ambiente digital entre los habitantes del partido de La Plata. Según los datos relevados entre 2017 y 2023 mediante encuestas y grupos focales, solo alrededor del 4 % de las personas produce contenidos propios o realiza acciones activas en redes sociales y plataformas digitales. En cambio, la gran mayoría se limita a prácticas instrumentales como compartir información, estudiar, trabajar o comunicarse con su círculo íntimo sin involucrarse en la construcción de discurso público o debate social en esos espacios.
Una mayoría pasiva … y poca apropiación crítica
Los investigadores advierten que exist e un uso mayoritario del ambiente digital como simple canal de consumo. Herramientas como WhatsApp son omnipresentes (nueve de cada diez personas lo utilizan), pero tienden a servir para comunicación interpersonal más que para participación pública o política. En este contexto, redes como X, Instagram, TikTok, YouTube o Facebook quedan relegadas a un papel de plataformas de entretenimiento o vínculo social, sin que la ciudadanía las convierta en espacios de contrapeso o acción colectiva con impacto en la esfera pública.
La investigación también muestra diferencias según la edad y el nivel educativo: las personas jóvenes —entre 23 y 33 años— y quienes tienen estudios superiores o están inseridos en el sistema educativo muestran tasas ligeramente mayores de producción de contenidos, aunque siguen siendo minoría. A partir de los 40 años, la producción activa de contenidos cae drásticamente, y entre quienes superan los 63 años prácticamente desaparece.
Este fenómeno no se limita a La Plata: otros estudios realizados a nivel nacional en 2025 también muestran que el uso de redes sociales entre argentinos abarca desde entretenimiento hasta información y trabajo, pero con perfiles de consumo y participación muy desiguales según edad, género y educación.
Inteligencia Artificial y falta de conciencia digital
Otro hallazgo relevante del estudio de la UNLP es la incorporación silenciosa de la inteligencia artificial en la vida digital cotidiana: muchas personas utilizan servicios o funciones que dependen de IA sin reconocerlo ni comprender sus implicancias, lo que dificulta la construcción de una ciudadanía digital crítica y consciente de cómo estos sistemas influencian lo que se ve, se comparte y se decide en línea.
Expertos en comunicación y tecnologías han señalado que sin alfabetización digital profunda y políticas públicas que fomenten el pensamiento crítico en entornos digitales, el futuro de la participación ciudadana será desigual, con grandes brechas entre quienes solo consumen información y quienes intervienen activamente en la configuración del espacio público digital.
¿Por qué importa el uso activo?
La distinción entre uso pasivo y activo no es solo semántica. Estudios psicológicos independientes han vinculado el uso pasivo de redes sociales —es decir, el navegar sin interactuar ni generar contenidos— con mayores niveles de comparación social y malestar psicológico, especialmente cuando reproduce patrones de exposición a vidas idealizadas o contenidos negativos.
Además, investigaciones internacionales sugieren que el consumo digital sin participación crítica puede no suplir necesidades emocionales o sociales profundas, y en algunos casos intensificar sensaciones de aislamiento.
El desafío de transformar consumo en participación
En una era donde las herramientas digitales tienen potencial para democratizar la voz pública, la investigación de la UNLP revela un desafío central: pasar de un consumo pasivo a una apropiación activa y crítica del ambiente digital, que permita a la ciudadanía no solo estar conectada, sino participar, dialogar, construir y deliberar en esos espacios. En este sentido, la educación digital, la alfabetización mediática y las políticas públicas enfocadas en la participación son elementos clave para avanzar hacia un entorno digital más inclusivo y con mayores capacidades de incidencia social.
