En Azul, la asistencia alimentaria ya no es una política periférica: es una trama que atraviesa la vida cotidiana de miles de hogares. Según datos municipales, alrededor de 8.000 módulos alimentarios se distribuyen cada mes a través del programa MESA. Detrás de esa cifra, hay docentes que sostienen comedores, familias que reorganizan sus rutinas y comerciantes que ven cambiar los hábitos de consumo.
La dimensión del fenómeno no se mide solo en números.
En una escuela primaria de la ciudad, una docente que trabaja en el comedor escolar describe la escena con preocupación: “Hace unos años había chicos que venían al comedor porque se quedaban a contraturno. Ahora vienen porque necesitan comer. Y eso se nota”. Según cuenta, la merienda y el almuerzo escolar se volvieron, en muchos casos, el momento de mayor calidad alimentaria del día.
El Servicio Alimentario Escolar (SAE), que funciona en toda la provincia, cumple en ese sentido un rol central. Pero no alcanza por sí solo. La asistencia se complementa con los módulos del programa MESA, comedores comunitarios y redes informales que se sostienen en los barrios.
María, vecina de Azul y madre de dos hijos, recibe uno de esos módulos cada mes. Dice que la ayuda “no cubre todo, pero hace la diferencia”. En su casa, explica, los alimentos que llegan se administran con cuidado: “Con eso armás varias comidas. Lo demás hay que ir viendo. A veces se llega, a veces no”.
En paralelo, el impacto también se percibe en el circuito económico local. Un comerciante del rubro alimenticio, señala que el consumo cambió de forma evidente: “La gente compra lo justo. Se llevan lo básico. Antes había más variedad en las compras; ahora es todo más medido”. A su vez, reconoce que los programas alimentarios también generan movimiento: “Cuando se arman los módulos, eso se compra acá. Algo de la plata vuelve al circuito local”.
El esquema de asistencia tiene, así, una doble cara: sostiene a las familias en situación de vulnerabilidad y, al mismo tiempo, amortigua la caída en algunos sectores del comercio.
Sin embargo, la tendencia preocupa. Distintas fuentes locales coinciden en que la demanda crece de manera sostenida, en línea con la pérdida de poder adquisitivo y el encarecimiento de los alimentos.
Desde el ámbito social, una trabajadora comunitaria que participa en un merendero barrial resume la situación: “Cada vez viene más gente. Y no es solo gente que ya estaba en una situación complicada. Se suma gente que antes no necesitaba ayuda”.
En ciudades intermedias como Azul, donde el entramado social combina empleo público, comercio y servicios, los efectos de la crisis económica se sienten con rapidez. La asistencia alimentaria aparece entonces como un sostén indispensable, pero también como un indicador.
Los 8.000 módulos mensuales permiten dimensionar una parte del problema. El resto se completa con lo que ocurre en escuelas, comedores y hogares. Allí, lejos de las estadísticas, la urgencia tiene nombre propio.
