
A los 77 años murió Carlos Alberto Solari, el Indio, líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una de las figuras más influyentes y enigmáticas de la historia del rock argentino. Desde hacía más de una década convivía con la enfermedad de Parkinson y en los últimos años se había mantenido alejado de los escenarios. Su fallecimiento provocó una inmediata conmoción entre músicos, artistas y miles de seguidores en todo el país.
Con el Indio no se va solamente un cantante. Se va una voz que acompañó generaciones enteras, un poeta de las orillas culturales, un artista que construyó junto a Skay Beilinson y la Negra Poli un fenómeno único en la música argentina. Los Redonditos de Ricota nacieron en los márgenes de la industria, crecieron al calor de pequeños escenarios y terminaron convirtiéndose en un fenómeno popular incomparable.
Los Redondos en Azul

Mucho antes de los estadios repletos y las multitudes que transformaron cada recital en un ritual colectivo, Los Redondos tocaron ante apenas unas decenas de personas en Azul.
Según reconstruye el sitio especializado Redondos Subtitulados, la banda llegó a la ciudad en 1983 para participar de la presentación de la revista Esponja, en una experiencia que con el tiempo adquiriría dimensiones míticas para la cultura local.
Uno de los protagonistas de aquellos días fue Miguel “Chule” Mugueta, integrante de la banda La Patada y testigo privilegiado de aquellos años fundacionales.
“Lo conocimos allá por 1979, cuando dieron un impresionante show en el Teatro Margarita Xirgu, en San Telmo. Seríamos doscientas personas”, recordó tras conocerse la noticia de la muerte del Indio.
Aquellos recitales todavía eran encuentros pequeños. Los volantes se repartían en fotocopias y era posible conversar con los músicos después de los shows.
“Comenzamos a ir a los recitales con Metro, Flecha, Riky, el Gordo Gabriel, Cachi y Nano. Durante un tiempo pudimos seguirlos. No éramos muchos”, evocó.
Cuando llegaron a Azul para la presentación de Esponja, la banda estaba integrada por un grupo de artistas y músicos que todavía no imaginaban la magnitud del fenómeno que vendría después.
Según recuerda Mugueta, en la casa de campo de Marcos Mayer se alojaron el Indio Solari, Skay Beilinson, Poli y Semilla Bucciarelli. En su propia casa se hospedaron Enrique Symns, Willy Crook, El Santo Moravito y otros integrantes del entorno artístico redondo.
El recital se realizó en la confitería C’est Fine, ubicada sobre Yrigoyen al 400.
“Éramos no más de cuarenta personas”, recordó Chule.
La anécdota más insólita ocurrió aquella misma noche. El baterista que debía tocar con la banda nunca llegó a Azul.
“Al músico que venía en la Falcon Rural azul lo dejaron en Monte”, contó entre risas y nostalgia.
La solución apareció de emergencia: Daniel “Combiano” Iarussi ocupó la batería y el show pudo realizarse igual.
Una huella imborrable

Más de cuarenta años después, aquellos recuerdos siguen vivos en la memoria de quienes estuvieron allí.
“Hasta el día de hoy creo que no ha habido semana en que no me hayan preguntado algo de aquel suceso”, escribió Mugueta.
La muerte del Indio lo encontró repasando una vida atravesada por canciones, recitales y amistades.
“Estoy muy apenado y dolido. Gracias por tanto, Indio. Gracias por tus clases magistrales y por mostrar a los pibes el camino correcto. Gracias siempre por tu cordura y sabiduría”, expresó.
Y cerró con una imagen que parece salida de una canción redonda:
“El piano de Gulp sigue estando en lo de Marcos. Estoy solo y lloro. Hasta siempre, Indio”.
Hoy, mientras miles de fanáticos despiden a una de las figuras más importantes de la cultura popular argentina, Azul también recuerda que, mucho antes de convertirse en mito, hubo una noche en que el Indio Solari cantó para apenas cuarenta personas en una confitería de la ciudad.
Y que, como tantas otras historias del rock, aquella pequeña escena terminó formando parte de una leyenda.







