
En el extremo austral del país, donde el viento parece arrastrar la memoria, el gobernador bonaerense Axel Kicillof participó el pasado 2 de abril de los actos centrales por el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas en la ciudad de Ushuaia, en una jornada atravesada tanto por la emoción como por la lectura política del presente.
Una presencia con peso político

La participación de Kicillof no fue aislada ni meramente protocolar. Medios locales y regionales destacaron su presencia como parte de una convocatoria más amplia impulsada por el gobernador fueguino Gustavo Melella, que reunió a distintos mandatarios provinciales y dirigentes opositores al gobierno nacional.
En ese marco, el acto central —realizado en la simbólica Plaza Islas Malvinas— reunió a excombatientes, autoridades y vecinos, consolidando una imagen de fuerte contenido federal en una fecha cargada de historia.
También estuvieron presentes figuras como el gobernador riojano Ricardo Quintela y el intendente local Walter Vuoto, en una escena que distintos medios interpretaron como un gesto de construcción política con proyección nacional.
La vigilia y el territorio simbólico

La agenda del mandatario bonaerense comenzó incluso antes, en la ciudad de Río Grande, donde participó de la tradicional vigilia del 1° de abril, uno de los rituales más sentidos en la provincia.
Allí, como señalan crónicas locales, miles de personas se congregan cada año para esperar la medianoche, encender antorchas y volver a nombrar a los caídos, en una liturgia popular donde la historia se vuelve presente.
El discurso: soberanía y crítica
Durante el acto central, Kicillof puso el acento en la vigencia de la causa Malvinas, vinculándola no solo con la memoria sino con los debates actuales. “La causa Malvinas no es del pasado, es del presente y del futuro”, afirmó, en declaraciones recogidas por medios que cubrieron la jornada.
En esa línea, sostuvo que el reclamo de soberanía debe ser una política de Estado y cuestionó al gobierno nacional por lo que consideró una falta de compromiso con el federalismo y los intereses estratégicos del país.
Sus palabras, lejos de la neutralidad ceremonial, se inscribieron en un tono crítico que fue destacado por distintos portales, donde se subrayó la intención de conectar la gesta de 1982 con las disputas contemporáneas en torno a los recursos naturales y la geopolítica del Atlántico Sur.
La mirada de los medios locales

En la cobertura de medios del sur, la presencia de Kicillof fue leída en doble clave: como acompañamiento institucional en una fecha central para la identidad fueguina, pero también como parte de una articulación política más amplia.
La imagen de gobernadores reunidos en Ushuaia —lejos de Buenos Aires, en el territorio más cercano a las islas— fue interpretada como un gesto de reafirmación soberana, pero también como una postal de un mapa político en movimiento.
Una escena cargada de sentido

En Ushuaia, donde cada 2 de abril el país parece inclinarse hacia el sur, la presencia de Kicillof no fue solo una asistencia. Fue, en cierto modo, una toma de posición.
Porque en ese paisaje de mar frío y nombres grabados en piedra, la palabra “soberanía” deja de ser consigna y vuelve a ser pregunta. Y cada dirigente que pisa ese suelo sabe que no habla solo de pasado, sino de lo que todavía está en disputa.





