El día después de las elecciones dejó una postal que entusiasmó a los mercados financieros argentinos: acciones en alza histórica, bonos que volaron y una fuerte baja del riesgo país. Sin embargo, detrás de la euforia aparecen señales de cautela, especialmente en el frente cambiario y en la economía real, donde el crédito y los ingresos familiares siguen siendo el gran interrogante.
La reacción inicial fue contundente. El índice S&P Merval registró la mayor suba de su historia medida en dólares, con un salto del 34% en una sola jornada, superando incluso el récord de enero de 2001. Los bonos en moneda extranjera también mostraron fuertes avances, con subas que oscilaron entre el 10% y el 15% en los tramos más cortos y que llegaron hasta el 24% en los plazos largos. Como consecuencia, el riesgo país cayó hasta los 652 puntos básicos, un nivel que no se veía desde mediados de año.
En paralelo, el dólar mayorista abrió con una baja cercana al 9%, mientras que los dólares financieros también retrocedieron. Las tasas de interés en pesos, por su parte, se comprimieron con fuerza, ubicándose en niveles que no se observaban desde hacía meses. En términos simples, el mercado celebró el resultado electoral descontando un escenario “ideal”: crecimiento económico, baja de impuestos, desregulaciones y mayor productividad.
El optimismo se vio reforzado por una presentación del Banco Central en la que se expuso un plan de acumulación de reservas como vía para remonetizar la economía. Con este esquema, los inversores comenzaron a dar por descontado que el país podrá refinanciar sus próximos vencimientos de deuda sin mayores sobresaltos. Si Argentina logra volver a los mercados internacionales de crédito, el impacto podría ser significativo: menor presión sobre el dólar, menos necesidad de usar reservas para pagar capital y mejores condiciones financieras tanto para el Estado como para las empresas.
De hecho, algunas grandes compañías ya comenzaron a aprovechar este clima. Empresas del sector energético lograron financiamiento en el exterior a tasas de un dígito, algo impensado tiempo atrás. Esto no solo permite inversiones, sino que también aumenta la oferta de dólares, aliviando tensiones cambiarias.
La baja del riesgo país también tuvo efecto sobre las tasas en pesos. Los títulos a tasa fija y los bonos ajustados por inflación comenzaron a rendir menos, lo que podría facilitar el regreso de las cuotas sin interés y, en teoría, reactivar el consumo. La apuesta oficial es clara: tasas más bajas, crédito en expansión y expectativas más estables como motor del crecimiento.
Sin embargo, no todo acompañó la euforia. El dólar mostró una dinámica inesperada. Tras una caída inicial, volvió a acercarse rápidamente al techo de la banda cambiaria y cerró la semana apenas un 3,6% por debajo del límite superior. Esto ocurrió a pesar del clima favorable en bonos y acciones y con un volumen de operaciones sorprendentemente bajo, lo que sugiere que el mercado se mueve con cautela y espera definiciones más claras.
Además, la política monetaria empieza a transitar un giro delicado. Luego de meses de fuerte restricción, con tasas muy altas y encajes récord, el gobierno comenzó a aflojar el torniquete. La intención es recomponer la demanda de pesos y permitir que el crédito vuelva a funcionar. Para eso, el Banco Central evalúa emitir pesos para comprar dólares y acumular reservas, dejando atrás el discurso de emisión cero.
El problema es que este escenario supone varios supuestos optimistas. Por un lado, no se observa aún una desdolarización significativa de los ahorros. Por otro, la reactivación del crédito enfrenta un obstáculo central: la morosidad de las familias. Hoy, más del 8% de los préstamos personales está en situación irregular, el nivel más alto de la serie histórica. Sin una mejora en los ingresos reales, la baja de tasas por sí sola difícilmente alcance para reactivar el consumo y el crédito de manera sostenida.
Así, mientras los mercados financieros celebran y anticipan un “círculo virtuoso”, la economía real sigue mostrando señales de fragilidad. El entusiasmo existe, pero no está garantizado. La estabilidad del dólar, la evolución de las tasas, la recuperación del crédito y, sobre todo, la mejora del bolsillo de las familias serán las claves que definirán si la euforia se transforma en crecimiento real o queda, una vez más, atrapada en las pantallas de los mercados.
