El 25 de marzo de 1977, un día después del primer aniversario del golpe de Estado, la dictadura cívico-militar asesinó a Rodolfo Walsh en la intersección de las avenidas San Juan y Entre Ríos, en la ciudad de Buenos Aires. Había salido a la calle luego de hacer pública una de las denuncias más valientes y lúgubres de la historia argentina: la “Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar”.
A 49 años de su secuestro y desaparición, su figura vuelve a encenderse en actos, lecturas colectivas y homenajes en todo el país, donde su palabra —afilada, precisa, irrenunciable— sigue interpelando al presente.
La escritura como acto de resistencia
Walsh sabía lo que hacía. Lo escribió con una lucidez que todavía estremece:
“Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar […] sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”.
En esa carta, distribuida de manera clandestina, denunció no solo el terrorismo de Estado —la censura, la persecución, las desapariciones— sino también el modelo económico impuesto por la dictadura, que describió como un sistema de exclusión, represión y saqueo.
Horas después de enviar ese texto, fue emboscado por un grupo de tareas de la ESMA. Su cuerpo nunca fue recuperado.
Un legado que vuelve cada año
Como ocurre cada 25 de marzo, distintas organizaciones de derechos humanos, espacios culturales, sindicatos y medios de comunicación recordaron a Walsh con actividades que incluyeron lecturas públicas de su Carta Abierta, intervenciones artísticas y jornadas de reflexión.
En la ciudad de Buenos Aires, el lugar donde fue asesinado volvió a ser escenario de homenajes, con la colocación de ofrendas y la participación de militantes, periodistas y ciudadanos que reivindican su figura como símbolo del compromiso ético con la verdad.
En universidades, radios comunitarias y centros culturales de distintas provincias también se replicaron lecturas colectivas del texto, en una suerte de ritual laico donde la palabra circula, se multiplica y se resignifica.
El periodista que incomodó al poder
Walsh no fue solo una víctima del terrorismo de Estado: fue, sobre todo, un periodista que eligió incomodar. Desde “Operación Masacre” hasta su trabajo en la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA), su obra trazó un camino donde investigar era también tomar posición.
Su asesinato buscó silenciar esa voz. Sin embargo, ocurrió lo contrario: su escritura se volvió aún más poderosa con el tiempo, como un documento imprescindible para comprender no solo el horror de la dictadura, sino también las responsabilidades económicas y políticas que la sostuvieron.
Memoria que no se apaga
A casi medio siglo de su muerte, Walsh sigue siendo una referencia insoslayable del periodismo argentino. No como figura estática, sino como pregunta incómoda: ¿qué significa hoy dar testimonio en momentos difíciles?
Cada 25 de marzo, su nombre vuelve a pronunciarse en voz alta. Y en ese gesto —colectivo, persistente— se cifra algo más que un homenaje: la certeza de que hay palabras que, incluso frente a la muerte, no pueden ser borradas.
