Hoy comienza el otoño en la Argentina, y con él llega ese instante sutil en el que el calendario deja de correr y empieza, apenas, a deslizarse.
No hay estruendo en el cambio de estación. Es más bien un susurro. Una hoja que cae sin pedir permiso. Una mañana que amanece más fresca, como si el aire hubiera aprendido a respirar más lento. El verano se retira sin despedidas grandilocuentes, dejando atrás el eco de las siestas largas y las tardes encendidas.
El otoño entra con otro ritmo.
En las calles, los árboles comienzan a ensayar su despedida del verde. Se tiñen de ocres, de amarillos cansados, de rojos que parecen encenderse antes de apagarse. Es una belleza que sabe que es pasajera, y tal vez por eso se vuelve más intensa.
En ciudades como Buenos Aires, los plátanos empiezan a poblar las veredas con un crujido leve bajo los pasos. En el interior, el campo se aquieta: la luz cae más temprano, las sombras se alargan como pensamientos, y el viento trae ese olor a tierra que anticipa el frío.
Pero el otoño no es solo paisaje. Es también un estado de ánimo.
Es el regreso a los rituales mínimos: el mate que se enfría más rápido, la campera que vuelve a buscar su lugar en la silla, las ventanas que se cierran un poco antes. Es una estación que invita a mirar hacia adentro, a hacer un balance silencioso, a ordenar lo vivido.
Después del exceso del verano, el otoño propone otra cosa: una pausa.
No es el final de nada, aunque lo parezca. Es, más bien, un tránsito. Una forma de aprender a soltar sin dramatismo. De entender que todo lo que cae, de algún modo, prepara el suelo para lo que vendrá.
Y así, mientras el calendario marca el inicio de esta nueva estación, el país entero entra en ese tiempo intermedio donde la luz no se apaga del todo, pero ya no brilla igual.
Como si el año, por un momento, decidiera pensar.
Foto: Hugo Victor Kolmann, Parque Sarmiento, Azul, Buenos Aires.
