Hay ciudades que se limitan a ocupar un lugar en el mapa. Y hay ciudades que, por una rara mezcla de vocación cultural, memoria literaria y conciencia de sí, terminan proponiendo una forma de estar en el mundo. Azul tiene esa posibilidad. Pero una posibilidad no es todavía una realidad. Hay que convertirla en proyecto. Y ahí reside el núcleo del asunto. Porque llamarse Ciudad Cervantina de la Argentina no puede ser una excentricidad simpática, ni una rareza estimable, ni una nota cultural agradable para quienes observan desde fuera con una mezcla de curiosidad y condescendencia. Una denominación así exige rigor, espina dorsal, ambición civil. Exige que una ciudad decida tomarse en serio.

Escribe: Fernando Redondo Benito, Azuleño Honorífico, promotor del otorgamiento del nombramiento de Azul como Ciudad Cervantina de la Argentina
Uno de los males más persistentes del espacio público contemporáneo es la banalización de casi todo. Se banaliza la política hasta volverla un teatro de gestos instantáneos. Se banaliza la cultura hasta convertirla en una agenda amable. Se banaliza incluso el lenguaje, que deja de ser casa del pensamiento para convertirse en mecanismo de reacción inmediata. En medio de esa degradación, que una ciudad reivindique su condición cervantina es una declaración de principios. Está diciendo que no quiere pertenecer sin más al imperio de la superficie. Está diciendo que todavía cree en la inteligencia como forma de vida pública. Está diciendo que la lectura no es un pasatiempo honorable, sino un instrumento de construcción social.
Por eso el 23 de abril no puede pasar por Azul como una fecha de obligación conmemorativa. No puede rebajarse a una liturgia de circunstancia, a un repertorio de frases previsibles, a una celebración que deje intacta la realidad al día siguiente. El Día del Libro tendría que ser, allí, una jornada de afirmación categórica. Una jornada para recordar que una ciudad que lee de verdad se vuelve menos manipulable, menos obediente al simplismo, menos vulnerable a las modas de la agresividad verbal y del pensamiento reducido. Una jornada para reivindicar que el libro no es un objeto de homenaje, sino una de las pocas herramientas capaces de ensanchar al mismo tiempo la imaginación individual y la inteligencia colectiva.
Hablar de Cervantes en Azul, por tanto, no debería equivaler a invocar un nombre prestigioso como quien coloca una pieza noble en una vitrina. Cervantes no es para eso. Cervantes sirve para poner en crisis las certezas fáciles. Sirve para exhibir el ridículo de los poderosos. Sirve para desbaratar las mentiras que una sociedad cuenta sobre sí misma. Sirve para defender la dignidad de quienes parecen derrotados por la historia. Sirve para recordarnos que la vida humana es más contradictoria, más cómica, más trágica y compleja de lo que admiten las consignas. En una época enamorada de las posiciones tajantes, de la indignación automática y de la simplificación emocional, esa lección es una necesidad pública.
Azul tiene aquí una responsabilidad singular. No solo porque haya elegido reconocerse en la tradición cervantina, sino porque lo hace desde una geografía que durante demasiado tiempo ha sido leída desde el centralismo cultural. Ese centralismo no solo concentra recursos. Concentra legitimidad. Hace creer a demasiados ciudadanos que el pensamiento serio, la creación relevante, la conversación de nivel o la proyección cultural solo suceden en las capitales grandes, en los circuitos consagrados, en los centros donde se reparte visibilidad. Frente a ese prejuicio, la condición de Ciudad Cervantina de la Argentina puede y debe operar como una forma de desobediencia simbólica. Azul tiene derecho a afirmarse como lugar de irradiación cultural, no como sucursal estimable de un centro siempre ajeno.
Pero para lograrlo necesita algo más que orgullo. Necesita un proyecto de ciudad. Una visión que entienda que la lectura no puede quedar confinada a los márgenes de la vida pública ni a una celebración anual bien intencionada. La lectura debe impregnar el ecosistema civil. Debe sentirse en la escuela, en la relación entre generaciones, en la formación docente, en la programación cultural, en la vida barrial, en la conversación entre instituciones, en el horizonte de los jóvenes que necesitan descubrir que pensar no es un lujo de otros, sino una posibilidad propia. Porque una ciudad no se vuelve cultural por acumular actos, sino por crear condiciones para que la inteligencia circule y sea reconocida socialmente como un bien común.
Y esto nos lleva a una cuestión que no debería eludirse: la cultura también es una política de oportunidades. Durante demasiado tiempo se ha tolerado una visión empobrecida según la cual los libros pertenecen al terreno de lo accesorio. Se los respeta, sí, pero se los mantiene en un rincón honorable, como si no formaran parte del núcleo duro de lo social. Es una lectura mediocre del mundo. Una ciudad que apuesta de verdad por el libro apuesta también por la movilidad cultural, por el ensanchamiento del horizonte, por la autoestima colectiva, por la calidad del lenguaje público, por la formación de ciudadanía crítica y también por una economía del conocimiento, de la creación y de la mediación cultural que puede generar trabajo, cooperación y proyección.
En un país y en un tiempo marcados tantas veces por la incertidumbre, el desencanto y la tentación del cortoplacismo, esa apuesta adquiere una importancia mayor. Las sociedades fatigadas tienden a resignarse. Y la resignación no es solo económica o política. Es también imaginativa. Una comunidad empieza a declinar de verdad cuando deja de creer que puede producir sentido propio. Cuando acepta que su única tarea es administrar estrecheces. Cuando se habitúa a pensar en pequeño. La lectura combate precisamente esa reducción del horizonte. No porque prometa milagros, sino porque restituye algo imprescindible: la posibilidad de pensar más allá de lo dado.
Por eso Azul no debería tratar su cervantismo como una bonita singularidad, sino como una disciplina de exigencia. Ser Ciudad Cervantina de la Argentina debería implicar una pregunta permanente dirigida a la propia ciudad: ¿estamos usando esta herencia para elevar la conversación pública o solo para engalanarla? ¿Estamos formando lectores o solo organizando homenajes? ¿Estamos abriendo puertas sociales, educativas y culturales o solo sosteniendo una identidad satisfactoria para quienes ya están dentro del círculo? ¿Estamos haciendo de la lectura una práctica viva o un prestigio heredado?
Las ciudades, igual que las personas, pueden caer en la autocomplacencia. Y la autocomplacencia es especialmente peligrosa cuando va vestida de cultura. Porque entonces parece virtud lo que en realidad es una forma refinada de inmovilidad. Azul debe guardarse de esa trampa. No necesita contemplarse. Necesita proyectarse. No necesita contentarse con ser reconocida. Necesita convertir ese reconocimiento en una fuerza organizada de futuro. No necesita que la aplaudan por su rareza. Necesita construir, desde esa rareza fecunda, una sociedad más fuerte, más culta, más articulada, más consciente de sí.
Hay, además, un punto decisivo que conviene subrayar con toda claridad. Defender la lectura hoy es una forma de combate cívico. No un combate crispado, no un combate de facciones, no un combate de propaganda. Un combate más hondo. El combate por la calidad del juicio. Por la dignidad de la lengua. Por la resistencia frente a la brutalización del debate público. Por la convicción de que una ciudadanía incapaz de leer el mundo con complejidad acaba siendo presa fácil de quienes se lo explican todo a golpes de consigna. Una ciudad cervantina que renunciara a esa batalla habría desertado de su propia razón de ser.
Azul tiene la posibilidad de demostrar que desde una ciudad argentina, lejos de cualquier arrogancia y lejos también de cualquier complejo, se puede sostener una idea alta de cultura. Una cultura no entendida como refugio de minorías ni como repertorio de gestos prestigiosos, sino como energía de comunidad. Como fuerza de cohesión. Como educación sentimental e intelectual. Como arquitectura de oportunidades. Como ámbito en el que una sociedad aprende a hablarse mejor y, por tanto, a tratarse mejor.
El 23 de abril debería ser allí una fecha de definición y no de simple celebración. La Ciudad Cervantina de la Argentina no puede resignarse a ser una mención noble en el margen del mapa cultural. Debe ser una ciudad que plantee una exigencia al país. Debe recordar que la lectura sigue siendo una escuela de libertad interior y una condición de la vida democrática. Debe afirmar que la cultura no llega después de lo importante, porque forma parte de lo importante. Debe decir, en voz alta y con hechos, que una comunidad que lee no solo sabe más. Piensa mejor, discute mejor, resiste mejor y sueña con más precisión.
Eso es lo que vuelve tan valioso y serio el nombre que Azul ha hecho suyo. No un motivo de complacencia, sino una tarea. No un adorno, sino una responsabilidad. No una distinción amable, sino una exigencia moral e intelectual. Una ciudad que se dice cervantina debe aceptar que ese nombre la obliga a ser más lúcida, más valiente y ambiciosa que la media de su tiempo.
Y quizá no haya mejor modo de honrar a Cervantes que ese: no recitarlo como reliquia, sino asumirlo como desafío.
Celebrar el Día del Libro de la mejor manera exige algo más que actos correctos y fotografías de ocasión. Exige leer de verdad. Leer a contrapelo. Leer para discutir con el mundo y no para dormir mejor dentro de él. Leer en voz alta en una casa, pasar un libro de mano en mano, invitar a otro a entrar en una página decisiva, contagiar la lectura como se contagian las convicciones que merecen la pena. Allí donde un libro circula con pasión, la resignación retrocede un paso. Allí donde alguien recomienda una obra que lo ha sacudido, empieza una conversación que puede cambiar una vida.
Azul haría bien en convertir esa provocación en una práctica pública. Que el 23 de abril no sea una reverencia melancólica, sino un desafío vivo. Que nadie salga indemne de esa fecha. Que los libros abandonen las vitrinas y entren en la calle, en la escuela, en la sobremesa, en la conversación áspera y fecunda de una comunidad que no quiere embrutecerse. Porque una Ciudad Cervantina de la Argentina no está llamada a parecer culta. Está llamada a incendiar, con inteligencia y con lectura, la apatía de su tiempo.
Foto de portada: El actor Carlos Fortunato, interpretando a Don Quijote (Archivo).
