Científicas del CONICET obtienen un premio internacional por sus estudios sobre patógenos

Científicas del CONICET fueron galardonadas con el Premio Ben Barres que otorga eLife, una organización sin fines de lucro fundada en 2011 por el Instituto Médico Howard Hughes, de Estados Unidos, la Sociedad Max Planck, de Alemania, y el Wellcome Trust, del Reino Unido.

La Plata, 25 Nov (InfoGEI).- Se trata de Daiana Capdevila, del Instituto de Investigaciones Bioquímicas de Buenos Aires (IIBA, CONICET- FUNDACION INSTITUTO LELOIR), quien estudia la resistencia de bacterias a los antibióticos y al sistema inmune, y de María Eugenia Segretin, del Instituto de Investigaciones en Ingeniería Genética y Biología Molecular “Dr. Héctor N. Torres” (INGEBI, CONICET), cuyas investigaciones apuntan a revelar la base molecular de la interacción entre las papas y el patógeno que causó la gran hambruna irlandesa de mediados del siglo XIX y continúa provocando estragos en el agro.

Según consigna un cable de la Agencia CyTA-Leloir, la distinción concede fondos para investigación y tiene como objetivo “crear un ambiente más inclusivo en las ciencias”, dando visibilidad y generando oportunidades de colaboración a científicos que hayan obtenido resultados relevantes y pertenezcan a grupos subrepresentados, como mujeres, personas que integran minorías étnicas o científicos de países donde los recursos son limitados.

Recibir este premio es una gran alegría porque nos da recursos necesarios para hacer más experimentos e impulsar así nuestra línea de investigación”, afirma Capdevila, jefa del Laboratorio Fisicoquímica de Enfermedades Infecciosas en el IIBA y agrega: “El Premio Ben Barres refleja lo que creo que es necesario en ciencia: valorar los desarrollos no como cosas en el vacío sino como el producto del esfuerzo colectivo en un contexto que plantea dificultades particulares”.

Avance científico relevante

El Premio Ben Barres nos permitirá acceder a tecnologías de vanguardia para abordar el objetivo de la investigación que llevo adelante, además de generar un contexto interesante para el establecimiento de nuevas colaboraciones y futuros desafíos”, afirma, por su parte, Segretin.

Uno de los requisitos para postular al premio es haber publicado un avance científico relevante en eLife, una revista de acceso abierto y altos estándares de calidad cuyo editor en jefe fue, hasta 2019, el premio Nobel Randy Schekman, sucedido en el cargo por Michael Eisen, investigador de la Universidad de California y del Instituto Médico Howard Hughes (HHMI), con sede en Chevy Chase (Maryland), Estados Unidos.

Trabajos publicados

En 2018, Capdevila y colegas publicaron un trabajo en esa revista que describe cambios a nivel atómico que ocurren en una proteína llamada AdcR presente en el neumococo (Streptococcus pneumoniae), un patógeno que figura en la lista de prioridades de la Organización Mundial de la Salud para el desarrollo de nuevos fármacos. Causa desde infecciones del oído y sinusitis hasta neumonías y meningitis, dos de las principales causas de morbilidad y mortalidad en niños y adultos mayores.

La proteína AdcR integra la lista de los llamados “represores de resistencia a múltiples antibióticos” del neumococo (MarR por sus siglas en inglés), que son los sensores que le avisan a la bacteria que está en peligro. En el caso de AdcR, detecta la falta de zinc: un metal presente en el medio celular que la bacteria usa como nutriente. Si las concentraciones son altas, el patógeno puede intoxicarse, pero si falta no puede sobrevivir. “La proteína AdcR le permite alcanzar un balance entre ambos extremos”, explica Capdevila, quien es doctora en química egresada de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA y días atrás recibió el Premio Nacional L’Oréal-UNESCO “Por las Mujeres en la Ciencia” en la categoría Beca por un proyecto que apunta a monitorear la calidad del agua que consumen los habitantes de la Cuenca Matanza- Riachuelo.

Nuevas estrategias

Entender las bases moleculares de cómo las bacterias aprenden a resistir la alternancia entre hambruna e intoxicación que sufren en el cuerpo humano podría permitir pensar en nuevas estrategias que no maten a todas las bacterias, sino que solo restrinjan el crecimiento de las más patogénicas. “De hecho, es una estrategia muy explotada por nuestro sistema inmune, que intoxica a las bacterias con muchos metales y restringe la disponibilidad de otros que pueden favorecer su multiplicación”, explica Capdevila.

Mi enfoque es tratar de entender desde una perspectiva biofísica cómo pequeños cambios en la posición y el movimiento de los átomos en algunas moléculas permiten que las bacterias adquieran esa resistencia y a partir de ese conocimiento desarrollar nuevas estrategias antimicrobianas”, indica Capdevila.

Estudio de infecciones

Segretin, por su parte, estudia la patogenicidad de Phytophthora infestans, agente causal de la enfermedad conocida como “tizón tardío”. En particular, se concentra en estudiar las proteínas secretadas por este oomicete (llamadas efectores) y cómo éstas interactúan con proteínas de la planta para promover la infección y colonización en variedades de papa que se cultivan en Argentina.

Estas proteínas pueden ser reconocidas por receptores inmunes presentes en algunas plantas y ese reconocimiento es crucial para la resistencia al patógeno. Allí radica la importancia de estudiar la variabilidad de estas moléculas presentes en poblaciones locales del patógeno”, puntualiza Segretin.

Trabajo publicado en eLife

En 2018, Segretin también participó como coautora en un trabajo publicado en eLife y liderado por colegas del Reino Unido en el Imperial College London, en Londres, y The Sainsbury Laboratory, en Norwich. En este trabajo se describe cómo una proteína efectora de Phytophthora infestans (llamada PexRD54) es liberada al interior de la célula vegetal para manipular su maquinaria interna en beneficio propio y en detrimento de la planta.

En la actualidad, el control de la plaga requiere la aplicación constante defungicidas, con las desventajas asociadas. “El desafío actual es generar conocimiento y utilizarlo para el desarrollo de estrategias novedosas que permitan proteger a los cultivos frente a diversos patógenos, con menor impacto ambiental y mayor eficiencia”, señala Segretin.

Y agrega: “Desarrollar nuevas estrategias de resistencia a patógenos como Phytophthora infestans que puedan ser transferidas para el mejoramiento de cultivos ha sido el objetivo principal durante gran parte de mi desarrollo profesional”. (InfoGEI)Jd

Avanza el ensayo clínico con suero equino: “Puede ser un elemento muy importante para paliar el impacto de la pandemia”

Mientras el mundo aguarda la llegada de una vacuna para combatir el avance del COVID-19, un equipo científico argentino lleva adelante la investigación del suero equino hiperinmune, el primer potencial medicamento para el tratamiento de la infección del nuevo coronavirus, que ya logró neutralizarlo exitosamente en pruebas de laboratorio.

En diálogo con El Teclado RadioFernando Goldbaum, Director Científico de Inmunova e Investigador superior del CONICET, contó los detalles del tratamiento que tiene una capacidad de neutralizar el virus 50 veces mayor que el promedio del tratamiento con plasma.

Son anticuerpos con capacidad neutralizante que le impiden al virus entrar a la célula y replicarse”, explicó el hombre. Y profundizó: “Este es un ensayo clínico riguroso y controlado que empezó el viernes en distintos centros médicos. La semana que viene vamos a incorporar 10 o 15 hospitales públicos y privados en el AMBA y gran La Plata”.

Goldbaum adelantó que, en caso de que el ensayo sea exitoso, el suero podrá suministrarse a pacientes en estadios moderados o graves y evitar así que sus cuadros clínicos empeoren. Aclaró, en ese aspecto, que el producto “es terapéutico y puede usarse cuando el paciente ya está infectado. No es preventivo como una vacuna”.

El científico contó además que, aunque ambos coinciden en que son métodos de inmunización pasiva, a diferencia del tratamiento con plasma, el suero hiperinmune tiene la ventaja de no tener que estar a la espera de un donante y, además, en pruebas in vitro realizadas hasta el momento, mostró una capacidad neutralizante 50 a 100 veces mayor que el plasma.

El estudio clínico comenzó en cuatro centros de salud el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA): el Sanatorio Güemes, el Hospital Pirovano, el Hospital Cuenca Alta-SAMIC y el Instituto Médico Platense. Luego se sumarán los ensayos en más de diez hospitales y clínicas de obras sociales del AMBA.

Pero, ¿cómo puede un paciente ser tratado con este suero?: “Abrimos centros de investigación en diferentes sanatorios u hospitales y, el médico a cargo, ofrece a los pacientes la posibilidad de entrar a este estudio. Esto se hace de forma voluntaria, se firma un consentimiento y ahí se le suministra el suero”, especificó.

El investigador habló, además, sobre el encuentro que su equipo de trabajo mantuvo con el presidente Alberto Fernández pocas horas atrás. “El presidente fue muy cálido, muy afectuoso. Nos transmitió la expectativa que tienen la sociedad en que esto funcione”.

Es una caricia al alma que a este equipo de 70 u 80 personas nos llegue el reconocimiento de la máxima autoridad del país. Obtener el reconocimiento público y el apoyo del Estado nos alienta para seguir trabajando”, concluyó.

Historias de vida

“Su partida así, sin siquiera velatorio, me atormenta”: dos académicos del Conicet y su padre Oscar.

Mónica Farías es doctora en Geografía y becaria posdoctoral del Conicet, pero aquello que más enorgullecía a su padre, Oscar, era que participara en una olla popular en San Telmo: “Fue conmigo un par de veces y creo que eso, en algún punto, lo conmovía y le daba más admiración que cualquier título o reconocimiento académico que yo pudiera tener”, dice a Télam la docente de la UBA cuando recuerda a su papá, fallecido por coronavirus el 27 de abril en el hospital Piñero.

Papá siempre fue una persona de costumbres sencillas”, sigue el doctor en Historia Ruy Farías, investigador del Conicet, docente en la Unsam y también hijo de Oscar. “No le interesaba el fútbol. En teoría era de Boca, pero yo creo que si era por vernos contentos a nosotros (fervientes anti-bosteros) le daba exactamente igual si perdía. Nunca lo vi amargarse por un partido”, agrega.

Ruy recuerda que Oscar disfrutaba de las carreras de Fórmula 1: “Creo que una de sus más grandes decepciones deportivas fue aquella vez en que Reutemann perdió el campeonato contra Nelson Piquet en la última carrera. Quizás por eso ese día la pizza que hizo le salió terriblemente mal, ni la gata pudo hincarle un diente”, comparte con gracia.

Dicen sus hijos que Oscar cocinaba muy bien y que sus asados, así como los guisos o la carne “a la portuguesa”, siguen siendo los mejores. Además, disfrutaba mucho de ver películas y contarlas una y otra vez; de la lectura y de la música: “Una vez, fuimos a ver a Joan Manuel Serrat a la cancha de Atlanta, donde me emocioné hasta las lágrimas cuando el Nano cantó “Esos locos bajitos” mientras yo abrazaba a mi viejo”, dice Ruy.

Al igual que su hermano, Mónica se formó en la UBA e hizo su doctorado en los Estados Unidos, para volver en 2017 a la Argentina y sumarse al Conicet: “Hace muchos años que repito una clase que empecé a dar en los Estados Unidos en la que explico desde una perspectiva feminista el neoliberalismo en América Latina. Y para eso, usaba la historia de mi viejo”, dice ahora la especialista en Geografía.

Papá tuvo una vida que nos cuenta mucho del país. Hijo de un padre que no lo reconoció, hijo de una madre inmigrante del interior que tuvo que negarlo para poder conservar su trabajo con cama adentro, pasó una larga temporada en un internado en Maschwitz durante el primer peronismo –años que recordaba con mucho cariño porque “no faltaba nada ni hacía frío” y porque la educación era buena–. Estudió en una escuela técnica de Capital, trabajó en numerosos talleres metalúrgicos”, escribió en Facebook el día posterior a la muerte de su padre.

Fue obrero calificado en los años 60 y 70, taxista en los 80, desempleado y buscavidas en los 90 y, por un breve período de tiempo, metalúrgico otra vez en el 2004 o 2005, cuando algunos tallercitos de barrio volvían a abrir”, completó la académica en la red social.

Con esa historia, yo podía hacer un relato del neoliberalismo y de cómo impacta en la vida de una nena, que era yo, cuando el padre pierde el laburo o cuando los viejos se separan y te agarra la hiperinflación en un hogar monoparental”, retoma Mónica, que ahora es docente en el Departamento de Geografía de la UBA.

Además de expresar la historia reciente del país, Oscar Antonio Farías sabía luchar contra el deterioro del cuerpo: venía ganándole a un cáncer y había recuperado mucho de su capacidad pulmonar, luego de una neumonía y un efisema pulmonar. El coronavirus lo encontró en una residencia para adultos mayores en la que vivía.

El viernes 17 de abril me informaron que mi papá tenía fiebre. Fui al hospital y seguí yendo durante los diez días que estuvo internado. Un par de veces, hablé con médicos hasta que una doctora amorosísima se comprometió a llamarme ante cualquier cambio”, retoma Mónica.

Esa médica hizo, finalmente, el llamado que todos temían. Lo cuenta Mónica: “Cuando papá empeoró, me dijo que no le iban a poner respirador. Y tengo que destacar que realmente siento muchísimo respeto y admiración por esos médicos, y por esa profesional en particular, porque cuando me puse a llorar desconsoladamente, ella lloraba conmigo. Me imagino que deben haber pasado y deben seguir pasando momentos muy difíciles”, dice.

El dolor de Mónica y Ruy, dos académicos, los hijos de Oscar, sigue ahí. Pero aceptaron compartir los recuerdos de su padre con Télam: “Siento que tuvo poca visibilidad en vida y su partida así, sin siquiera un velatorio, me atormenta. Esto es como hacerlo más visible, como darle la despedida que no tuvo”, cierra ella.

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