Osvaldo Costiglia: el hablante

Osvaldo Costiglia: el hablante

Veinte años de poesía de este bahiense se reúnen en un sólo volumen: El último hablante, una selección de Álvaro Urrutia, con prólogo de Guillermo David, publicada por Urania Ediciones. Un desafío de la poesía compuesta por fuera de los centros de poder cultural y pese a ellos.

Por Gerardo Burton*

Hay una conversación telefónica entre dos hombres aislados por la cuarentena y separados por más de algo más de 500 kilómetros. El virus no puede con la poesía: desde Bahía Blanca, Osvaldo Costiglia habla de su poesía, de esa atmósfera de Mediterráneo que trae a estas costas, de la escansión italiana de sus versos y los influjos de esos poetas que se meten en los mínimos entresijos que dejan las palabras. Costiglia no le esquiva el bulto a los avatares casi siempre desventajosos de la existencia, pero esa luminosidad de su poesía basta, casi siempre, para calmar la sed que lleva a mirar, tranquilamente, un acontecimiento, un pequeño animal, un árbol, una calle.

Son destacables los epígrafes que ha elegido para algunos tramos de la antología titulada El último hablante, publicada por Urania, la editorial del bibliófilo Raoul Veroni y que reúne poemas de dieciocho libros escritos en veinte años, desde el inicio del milenio hasta ahora. Es conocida la paciente labor compositiva de Costiglia: sus numerosos amigos y discípulos –casi siempre ambas cosas a la vez- mencionan la cantidad de cuadernos que almacenan sus manuscritos, y que se acumulan en su casa en un espacio compartido con una ya famosa biblioteca, además de las antologías que el poeta elabora con sus autores y autoras preferidas y encuaderna en fascículos anillados. Dice Álvaro Urrutia, el responsable de esta antología, que Costiglia recuerda con alegría su temporada en Madrid –casi una década desde 1985- y su infancia, y que su regreso a la Argentina no fue sin pena. De eso no habla en esta larga conversación; sí de su fraternidad con los poetas italianos. Tradujo, dice, un libro de Eugenio Montale –La tormenta y otros poemas– que aún está inédito, y no figura entre los que publicó en el país Horacio Armani –quizás el traductor oficial, el canónico o, al menos, el más conocido, del italiano.

Y ahora habla de esos poetas con quienes dialoga en un contrapunto calmo, delicado. Es una poesía que oscila entre la luz y la sombra de una siesta, y entonces menciona a Valerio Magrelli, que escribió una biografía de su padre titulada Geología de un padre, y quiere leerla pues lo intrigan esas capas que quizás haya en una relación así. De Magrelli, de quien recuerda un juego de palabras con su apellido – “magro, magrelli” es decir, “delgado”-, tradujo “algunos poemas”; también de Andrea Zanzotto un poeta nacido en el Véneto y es considerado uno de los más importantes de la segunda mitad del siglo pasado.

Como en una espiral, casi al final de la conversación, hablará de un sueño recurrente con su propio padre; se trata de “un sueño oscuro”. Él era propietario de una confitería y bombonería en Bahía Blanca que había fundado en 1938 y que se vendió en 1972, un año después de su fallecimiento. En el sueño de Costiglia es de noche en la ciudad, sólo está iluminado el local de su padre, el resto es de una profunda oscuridad. Entonces se pregunta, “ahora, con el paso de los años, si fue por torpeza, por ignorancia o por negligencia que no conocí bien quién era mi padre”. Desde esta duda, desde esta incógnita, ahora escribe un grupo de textos que se titula, de manera provisoria, “Rescate de un padre”.

En El último hablante Costiglia construye, al menos, dos circuitos. El primero es con los epígrafes: hay citas de Arnaldo Calveyra y Aldo Oliva entre los argentinos; y de Magrelli y Salvatore Quasimodo, dos de un grupo de poetas que dialoga sin cesar con su poesía: están también Cesare Pavese, Giuseppe Ungaretti, Montale, Dino Campana, Umberto Saba. Acaso involuntariamente construyó un canon marginal, un centro dislocado que han elegido en el país Juanele Ortiz, José Leónidas Escudero, Juan Carlos Bustriazo Ortiz e incluso la Irma Cuña final que eludieron los grandes centros de irradiación –y concentración- de poder cultural. Costiglia está aquí.

El segundo circuito está dado por las citas o referencias internas, más o menos explícitas en los poemas. Hay menciones a Kavafis, a Bustriazo Ortiz, a Pavese, dedicatorias a poetas amigos. En ambos casos, propone un recorrido poético, quizás el mismo que él ha hecho. Justamente, en la conversación telefónica ha dicho que la antología comenzó con poemas algo más extensos, incluso narrativos, y hacia el final adquieren un sesgo ascético, con una palabra más libre de imágenes y por ello más liviana. Más liviana, no menos condensada. Cierta vez, Juan Gelman sostuvo que la poesía es palabra calcinada. Si esa afirmación no resulta exagerada, en el caso de Costiglia la palabra ha sido puesta en un altar, donde se ha transfigurado para que la poesía sea. Se convierte, así, en ofrenda pura. Qué otro lugar puede elegir un poeta cuya obra se compuso con paciencia y tozudez, en soledad y con cierta extranjería y cuya mirada sobre la realidad, sobre las gentes y sobre las palabras y los afectos concita seguidores que se definen como discípulos suyos.

A Costiglia le produce alegría recordar a sus poetas queridos. Por ejemplo, en “Pavese revisitado” da una vuelta de tuerca a la negación que Pedro hará de Jesús en Getsemaní. Está al borde de la defraudación, pero se repone: “todo era alegría”, dice, “pero de una calidad impensada”. Veamos:

Antes que cante el gallo

recorrí la casa en dos idiomas

aunque al entrar tuve miedo de un rostro furtivo

entre las páginas donde comenzó el viaje.

Me interné luego en el campo de flores de la edad

y llovió suavemente como posando

lágrimas de alegría sobre el rostro

de alguien que debí conocer

un primo de infancia que no vi más después de la cena

o la niña que cantaba en otro hemisferio.

Luego salí al patio para tocar el corazón

que cobijabas en la palma de tu mano.

No estabas y todo era alegría

pero de una calidad impensada

nunca vista.

Cuentan que, en Bahía Blanca, cuando hay una lectura de poesía, Costiglia concurre con un viejo portafolios donde lleva sus textos, llega cinco minutos antes del inicio –eso dice su antólogo, Álvaro Urrutia- y “siempre encuentra la oportunidad para leerle a alguien una poesía”. Es una poesía que transcurre con el hálito de la existencia, sin aparentemente poner o quitar nada del acontecimiento que narra, de la imagen a que alude. Eso que sugiere el poema es apenas una invitación a descomponer el camino andado por el poeta: ir hacia la fuente, volver al inicio, reconstruir el sendero donde se fue elaborando el poema. Es el desafío de retomar esa senda “que nunca se ha de volver a pisar”. Y detrás está, también, la visión política del poeta, expresada mediante “el manejo de la ironía histórica”. Así, hablará de Rosas en su campaña contra los malones, y su encuentro con Charles Darwin, y también de la comida con que Videla convidó, en mayo de 1976, a los escritores Horacio Esteban Ratti, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y el cura Leonardo Castellani.

La cena transcurría entre sonrisas formales,

tensando el temblor de las palabras

de los ilustres visitantes a la mesa dictatorial.

El tiempo se dilataba

en el frío del acero de la mirada del anfitrión,

y la soberanía de la literatura

parecía abolida.

Las admoniciones tolstoianas de uno de ellos

no osaban elevarse

al par que la ironía tan conocida del otro

era invadida por una extraña sordina.

Las miradas parecían vagar

en un desierto de arena.

De pronto, hacia los postres

un tercero puso su mano derecha

bajo el grueso cinturón militar

que apresaba su sotana

y descargó con soltura de confesor

la frase justa, con sonoridad de látigo,

la que debían haber dicho los tres al asesino

sin cena de por medio. (Cenando con lobos)

Algunos datos

Osvaldo Costiglia nació en 1940 en Bahía Blanca, Buenos Aires. Estudió en la Escuela Nacional de Comercio y luego se graduó como ingeniero químico en la Universidad Nacional del Sur. Vivió varios años en España en la década de los ochenta. Publicó Los laberintos rotativos (Madrid, 1989), Umbral del resplandor (Fondo Municipal de las Artes, 1999), Poeta de los paisajes (plaqueta, 2000) y Arquitectura celeste (Vox, 2011). Posee una importante obra inédita cuya mayor parte aparece hoy publicada en El último hablante.

Dice de sí mismo que pertenece a “la generación de la Segunda Guerra Mundial, para tomar una referencia internacional o a la generación que asistió al nacimiento del peronismo a nivel nacional… Mi pasión por la literatura y por la poesía –que considero son dos cosas relacionadas pero distintas- atravesó toda mi vida, desde la juventud. Siempre escribí y siempre me acompañó la insatisfacción por los logros que momentáneamente me pareció alcanzar, que es el motor que me sigue impulsando en este oficio de nieblas”.

El último hablante es una selección realizada por Álvaro Urrutia, con prólogo de Guillermo David, y editada por Vrania Ediciones. Reúne poemas de Ciudades de invierno (2000); Palabras asediadas (2001-2004); Un pie en la orilla (2006-2006); Destino de la voz (2007); Envés de la palabra (2007-2008); Tiempo secreto (2008-2009); Palabra ganada (2010-2011); Aquí mismo (2010); Es el mundo (2010-2011); Microcosmos (2011); Cae una hoja (2013); Cédula de identidad (2013); Bajo especie de sueños (2015); Tránsitos y transiciones ((2015); Entreacto (2018); A poste restante (2019); Si alguien pudiera estar aquí (2020 .

*Gerardo Burton, poeta y periodista de Neuquén: geburt@gmail.com

Fuente: https://www.agenciapacourondo.com.ar/

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