El presidente Alberto Fernández puso en funciones a la interventora de la AFI, Cristina Caamaño

El presidente Alberto Fernández recibió en Casa Rosada a la fiscal Cristina Caamaño, quien fue designada como interventora de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI).

El mandatario nacional estuvo acompañado por el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero.

Cristina Caamaño

Cobró notoriedad como fiscal del caso Ferreyra, el militante del PO asesinado por una patota sindical en octubre de 2010, y fue clave en la detención del gremialista José Pedraza.

Empezó el jardín de infantes y terminó el secundario en el colegio de monjas Santa María de Jesús. Sin embargo, no tiene reparos al citar a la jueza de la Corte Carmen Argibay para definirse como una “atea militante”. Y “comunista”, como todavía hoy la llama su madre, que observa espantada cómo su hija guarda un solero floreado con el que se sacó una foto con Fidel Castro el día en que se lo encontró de casualidad en un hotel de Bahía. Criada en Palermo por padres comerciantes, se inscribió en la carrera de derecho de la UB apenas comenzaba la dictadura. No la dejaban ir a filosofía. Menos a una universidad pública. En un hogar apolítico, las ideas de Cristina sonaban peligrosas. Cuando a los 21 dijo que se casaba, los padres respiraron tranquilos. A los 25 ya se había separado, tenía dos hijos chicos, y la carrera de derecho había quedado postergada mientras corría otra carrera: la de llegar a fin de mes vendiendo a negocios minoristas las agendas que todavía fabrica su madre.

Su ex marido le dejó poco en términos materiales, pero se quedó con la amistad del primo de su ex, que resultaría clave en su vida política: Oscar Di Filippo la acercó a la militancia radical y le consiguió un puesto en el entonces Concejo Deliberante. Con un sueldo asegurado a fin de mes, Caamaño decidió recuperar el tiempo perdido: en apenas un par de años completó su carrera de derecho en la UBA e intentó compensar su abulia política con militancia concreta. De la mano de Franja Morada llegó a dar clases a la cárcel: Caseros, primero; Devoto, después. Así estuvo quince años, construyendo amistades intramuros. “Yo nunca les pregunto qué hicieron para estar ahí. Primero los conozco. Establezco una relación. Cuando te enterás de qué hicieron, ya es tarde porque hay un vínculo”, suele repetir entre sus colaboradores. A Sergio y a Pablo Schoklender no tuvo que preguntarles nada porque cuando los conoció presos las razones eran públicas. Se hizo amiga de los dos.

Unos meses antes de que estallara el escándalo de Sueños Compartidos, Caamaño ya había renunciado al sueldo que cobraba en la Universidad de las Madres, donde todavía es secretaria académica ad honórem. Y renunció también a su amistad con los Schoklender. No sin cierto dolor, aseguran sus íntimos. “Estoy tentada de llamarlo, sobre todo a Pablo. Pero ¿para qué? Yo no puedo hacer nada por él, eso está claro. Queda el morbo. Y eso no me gusta”, comentó.

De la mano de la jueza Gladys Romero llegó a la Justicia y al ámbito académico. Impulsada por ella, publicó cuatro libros y se les animó a los prejuicios de Tribunales: tan comunista como le dice su madre y tan atea como se define. Con la jueza Wilma López llevaron adelante la causa que tiene a juicio a Pedraza.

Por Nilda Garré dejó años en Tribunales, sacrificó sus ratos libres escuchando bossa nova y los viajes que incluían escapadas a playas donde podía broncearse sin marcas. Dicen sus allegados que está lejos, muy lejos, de arrepentirse de haberla secundado como su  secretaria de Seguridad.

Del pueblo Digital

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