Murió el «Chapu» Scalcini, el inmenso jefe de policiales de la Agencia Télam

Con este título y la crónica que transcribimos a continuación, sus compañeros de trabajo de la Agencia Nacional de Noticias Télam, despidieron al periodista azuleño Gustavo Scalcini. Radicado en la Capital Federal, fue referente destacado en la profesión y formador de nuevas camadas de periodistas.  Falleció a los 54 años tras una corta y terminal enfermedad. 

Por Hernán Chiesa (Télam)

La muerte de Gustavo Scalcini (54) es inentendible, dolorosa y provoca desamparo. Se nos fue una excelente persona que deja un vacío gigante en la redacción de la Agencia Télam, ese espacio reservado para los grandes periodistas, para los distintos. Sin dudas el «Chapu» ocupaba un sillón en esa platea preferencial.

Excelente persona, maestro en el periodismo policial, querido por todos, inmenso jefe de Policiales, el eterno «Chapu», nunca pasaba desapercibido.

Azuleño de nacimiento, estudió periodismo en La Plata donde vivió la bohemia ricotera y terminó siendo un porteño por adopción.

Siempre inteligente, sagaz, divertido, su palabra era escuchada por todos.

Con más de 25 años en la Agencia Télam, pasó sus últimos 16 años al frente de la elogiada sección policiales, donde formó, modeló y condujo a un grupo de profesionales que siempre lo admiró por su capacidad de ver la noticia antes que nadie. 

Era capaz de enviar a un cronista a una cobertura aún sin mucha información, pero su instinto, su sabiduría o vaya a saber que, hacia que ese cronista llegue a una escena del crimen antes que nadie, o a un fotógrafo a tener la imagen buscada por todos. 

Fue uno de los primeros en ponerle palabras a la brutalidad machista, a la violencia de género: hace muchos años le pidió a sus redactores que dejen de utilizar las palabras «crimen pasional» para graficar un asesinato en un contexto familiar o de pareja. «Eso no es pasión. Pasión es otra cosa» decía. Es más, para esa misma época decidió comenzar a utilizar el término femicidio, cuando aún pocos entendían de que se trataba.

Entró como aspirante en la corresponsalía La Plata, donde es recordado por sus compañeros de entonces y también por aquellos que ingresaron hace poco pero saben de él por anécdotas inigualables.

Cubrió como nadie el crimen del fotógrafo José Luis Cabezas en 1997, para lo cual vivió más de un año en Dolores. Por aquel entonces, más de un colega aguardaba con ansiedad que el «Chapu» publicara su crónica diaria para luego poder escribir la suya o salir al aire. Lo que publicaba el «Chapu» era una guía para otros. Así era él.

De allí surgen historias desopilantes que dibujan a un personaje inigualable, como esa nunca comprobada que dicen que utilizó un vaso de whisky como grabador para entrevistar una madrugada a Gregorio Ríos, el enigmático custodio de Alfredo Yabrán, cuando salia de tribunales tras declarar por primera vez. 

Fue testigo presencial de la «masacre de Ramallo», en 1999, cuando dos delincuentes salieron dentro de un auto de una sucursal del Banco Nación, en la localidad de Villa Ramallo, en el que estuvieron recluidos casi 20 horas con rehenes y quedaron a merced de las balas de decenas de policías que mantienen rodeado el lugar. Las imágenes quedaron registradas en las cámaras de televisión y en las crónicas imperdibles del «Chapu».

Lector apasionado, era habitual que aconsejara a los nuevos periodistas o a quienes lo escucharan que leyeran «Crimen y Castigo», de Dostoievsky; «A SAngre Fría», de Capote; los «Escritos del Viejo Indecente», de Bukowski; o más acá la saga del Inspector Wallander, de Henning Mankell. Era capaz de estar horas hablando de historia argentina, amante de los detalles de quienes hicieron grande a la patria.

Todos aprendimos algo del «Chapu». Hoy el periodismo llora su partida prematura. Nadie entiende porque alguien así deja de acompañarnos en la redacción. Hace siete meses comenzó a combatir esa dura enfermedad, la peleó siempre en compañía de su mujer Valeria. Hace cuatro días, mientras conversaba con él detalles que hacen a la sección policiales, me dijo, que quizás, si todo iba mejor, en enero podía estar otra vez con nosotros. Lo decía convencido. No pudo ser. Es todo muy injusto. 

 

Del pueblo Digital

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