Un simple de vinilo

Por Carlos Balmaceda   

Para mí, Aznavour es un simple de vinilo con “Venecia sin ti” de un lado y “Con” del otro. En español, claro.

Los violines medio histéricos que empezaban “Con”, esas orquestaciones de los sesenta y de los setenta, comunes a Nino Bravo, Serrat, y, claro, Aznavour.

Es un long play que no paraba de escuchar, unos años después, siempre en el Winco que había en casa, y fue, luego, descubrir que el mismo tipo aparecía en “Un taxi a Tobruk”, una de guerra por los Sábados de súper acción. Y ni hablar cuando lo encontré en “El tambor”, mucho después, y en un bodrio amable, “Vive la vie”, por los ochenta.

No sé cómo sobrevivió y me acompañó Aznavour, el que antes había sido blanco y negro en los sábados circulares, y señor champán, monitor, una publicidad que volvía una y otra vez para las fiestas, como la nena de “anunciar la paz, anunciar la verdad”.

Luego, claro, fue “She”, y sus mil versiones.

Decía, no sé cómo sobrevivió a las primeras vergüenzas malentendidas ante “lo grasa”, y los noventa, ese caldero donde se cocinó toda esta inconsistencia, esta sobrevaloración, esta liquidez insípida.

Pero el tipo estuvo ahí un día que, no sé cómo, lo volví a tener en un compact, y me encontré con una joya, “Les comediens”, una canción que empieza casi como un twist, con esas orquestaciones de antes. Y yo, que me había largado a mi primer unipersonal de stand up, dije “este es el tema”.

Después, por mi intermedio, pasó a ilustrar un postcad sobre stand up, porque una vez que lo llevé, el dueño del espacio, también se fascinó con la canción, y ahora es la cortina de la columna de comedia y política que hago los sábados por Caput.

Aznavour es una postal de cuando el mundo era sólido, un artista popular, un tipo finísimo con resonancias de jazz; un mundo en el que el gran público podía escuchar a Mozart a través de Waldo de los Ríos, y Guarany traía a un club de barrio su canto, y con él, todo un universo político. Mundo sin nichos, sin target, en el que la emoción no se escondía detrás de la imbécil máscara de la posmodernidad.

A veces creo que el intento de volver a una cosa parecida no es en vano, a veces me parece que yo mismo lo intento, cayendo cada vez más gruesamente en el homenaje y la cursilería, en el rescate de una memoria popular y en los sentidos explícitos. Entonces, me parece que también es una forma de rescatarme.

Hoy se fue Aznavour, pero por ahí, como pasa con todo, se quedó, como un poco quedamos en las cosas.

Del pueblo Digital

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