¿Incide Trump en América Latina?

Carlos Raimundi sostiene en este artículo que tras la victoria de Trump reina en el mundo una incertidumbre generalizada. En ese contexto, América Latina tiene un papel que cumplir como zona de paz, como lugar donde hay una riqueza estratégica extraordinaria, para debatir y proponer en favor de la apropiación social de esa riqueza y volver a ser un ejemplo.
Carlos Raimundi sostiene en este artículo que tras la victoria de Trump reina en el mundo una incertidumbre generalizada. En ese contexto, América Latina tiene un papel que cumplir como zona de paz, como lugar donde hay una riqueza estratégica extraordinaria, para debatir y proponer en favor de la apropiación social de esa riqueza y volver a ser un ejemplo.

Por Carlos Raimundi*
(para La Tecl@ Eñe)

El resultado de la elección de los Estados Unidos ha generado en muchos espacios una especie de tentación a simplificar. Esa tentación ha tenido un gran aporte intelectual, como lo es el trabajo de nuestro faro y maestro Álvaro García Linera, titulado “La globalización ha muerto”. Un esquema de pensamiento con el que me atrevo, muy humildemente, a tener mis matices. Él ha dicho textual: “la victoria electoral de Trump es un regreso al proteccionismo económico”, “a Trump le toca oficializar el deceso de la libre empresa como paradigma mundial”, “el eficientismo empresarial queda reducido a polvo”, “nos encontramos ante la muerte de una de las mayores estafas ideológicas de los últimos años”. Ojalá pudiera yo compartirlo, pero sinceramente no me atrevo a simplificar de esa manera. Del otro lado, intelectualmente hablando, Jorge Alemán dice: “Trump no representa el fin del neoliberalismo sino más bien la constatación definitiva de que el neoliberalismo ya no necesita democracia para legitimarse”. Entonces, en lugar de ser el triunfo de Trump lo que va a poner en riesgo los elementos básicos del neoliberalismo, lo que va a poner en riesgo son los elementos básicos de la democracia.

Un segundo elemento interesante es ver cómo el neoliberalismo que representaba Hillary Clinton había encontrado una forma de legitimación intelectual en la denominada “izquierda cultural” de los Estados Unidos. Es decir, ver cómo lo peor de la concentración y la explotación del capital se legitimaba a partir de un discurso cultural de las nuevas minorías y de los nuevos derechos. Entonces, se discute política para los celíacos, política para los hemofílicos, pero nunca el derecho universal del acceso a la salud. Del otro lado, tenemos la apariencia de que Trump representa la defensa de un modelo productivo que recupere derechos de los trabajadores, pero que va de la mano de un planteo fascista. Aquí es donde se superponen los planos y se confirma la necesidad de complejizar el problema, de recuperar un eje real de discusión, un eje que realmente marque la divisoria de aguas.

Trump versus Clinton no es un eje real en términos de su incidencia real sobre la situación latinoamericana. Porque la disputa geopolítica al interior de los grandes bloques no se modifica sustancialmente. Más allá de que Trump haya hablado de volver a separar a Rusia de China, ambos tienen tantos intereses en común desde el punto de vista geopolítico, geográfico, tecnológico, un entretejido muy sólido de intereses comunes en la ruta de la energía, en el conflicto de Medio Oriente, que la voluntad de Trump, más allá de que sea el presidente de los Estados Unidos, no resulta suficiente para modificar estructuralmente las condiciones de ese acuerdo geopolítico entre Rusia y China. No creo que ese acuerdo esté garantizado de por vida, pero la sola voluntad de Trump no es suficiente para modificarlo.

Es un error creer que porque Trump haya frenado los Tratados de Libre Comercio eso necesariamente vaya a favorecer un proyecto productivo de América Latina. Porque, al mismo tiempo, ese freno va acompañado de una contraofensiva intervencionista en México y en Venezuela, y también de un intervencionismo militar en el resto de nuestros países. Los obstáculos a la democracia, los niveles de concentración del capital, los nuevos flujos tecnológicos, el volumen de capital financiero que produce asociación de empresas, todo eso no puede ser frenado por Trump con un discurso que logre la adhesión de los trabajadores de determinados centros industriales de su país.

“Es un error creer que porque Trump haya frenado los Tratados de Libre Comercio eso necesariamente vaya a favorecer un proyecto productivo de América Latina. Porque, al mismo tiempo, ese freno va acompañado de una contraofensiva intervencionista en México y en Venezuela, y también de un intervencionismo militar en el resto de nuestros países. Los obstáculos a la democracia, los niveles de concentración del capital, los nuevos flujos tecnológicos, el volumen de capital financiero que produce asociación de empresas, todo eso no puede ser frenado por Trump con un discurso que logre la adhesión de los trabajadores de determinados centros industriales de su país.”

Efectivamente, hay una lucha al interior del sector financiero globalizado sobre los mecanismos de regulación -paraísos fiscales versus la regulación de la antigua burguesía angloamericana-, pero se trata de una grieta al interior del poder financiero que no modifica la situación estructural de América Latina ni incide positivamente sobre nuestros países. Lo que realmente va a incidir en favor de la situación de América Latina es que América Latina recupere gobiernos populares para que trabajen sobre la verdadera línea divisoria, que enfrenta a la tendencia mundial de apropiación de la renta por parte de las grandes corporaciones, con la apropiación social de esa riqueza a partir de la acción de Estados democráticos gobernados por experiencias populares mayoritarias. Ese es el parteaguas.

El proceso de Trump, al promover una desaceleración de los Tratados de Libre Comercio, podría haber generado un momento favorable en América Latina en caso de que hubieran continuado las presidencias que teníamos, de Dilma Rousseff en Brasil y Cristina en la Argentina. En cambio, las actuales gestiones de Temer y Macri nos llevan a una cumbre de cancilleres para unir Mercosur y Alianza del Pacífico, en favor de la integración empresaria, no de la integración social ni de modelos productivos.

Resumiendo, lo que viene a representar Hillary Clinton es la construcción del sujeto neoliberal, con sus características determinadas, y lo que viene a rescatar Trump es una especie de sujeto neofascista. Tanto el sujeto neoliberal como el sujeto neofascista son la negación de la política, ninguno de los dos construye un sujeto social, ninguno de los dos construye un sujeto democrático. Esa fue la lucha que entablamos durante todo el primer tramo del siglo XXI en América Latina: pasar de un continente devastado a ser un ejemplo para el mundo, gracias a las experiencias y liderazgos populares. Frente a la incertidumbre generalizada que reina en el mundo, América Latina tiene un papel que cumplir, como zona de paz, como lugar donde hay una riqueza estratégica extraordinaria, para debatir y proponer en favor de la apropiación social de esa riqueza y volver a ser un ejemplo.

Fuimos ejemplo para la izquierda europea, izquierda que fracasó momentáneamente así como América Latina tiene un retroceso muy grande, pero el ciclo histórico está abierto. De allí la importancia de generar masas críticas, no solamente a nivel del pensamiento nacional sino latinoamericano.

Buenos Aires, 24 de abril de 2017

*Ex Diputado Nacional y Secretario General del SÍ

Fuente: http://www.lateclaene.com/

Del pueblo Digital

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